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viernes, 23 de octubre de 2009

Vulnerabilidad de RD ante los ciclones


EXISTE UN PATRÓN GENERAL, MÁS O MENOS CONSTANTEEN LA FORMACIÓN DE ESTOS FENÓMENOS ATMOSFÉRICOS, PERO QUE PUEDE VARIAR DE ACUERDO CON LAS CONDICIONES METEOROLÓGICAS EXISTENTES

Octubre está en sus últimos días mientras la Temporada Ciclónica continúa avanzando hacia su fin, que debe ser el 30 de noviembre (aunque ya se han visto casos como el de Olga, que se formó a principios de diciembre).

A pesar de que esta temporada ha estado exenta, hasta ahora, de fenómenos atmosféricos más allá de ciertas depresiones tropicales y algunas tormentas que han amenazado con alcanzar nuestro territorio, lo cierto es que -al estar situado en el archipiélago de las Antillas- nuestro país se encuentra en una posición “desventajosa” frente a los huracanes que se forman durante la temporada.

Según explica el meteorólogo Dionicio Cordero, existe un patrón general más o menos constante en la formación de estos fenómenos atmosféricos, pero que puede variar según las condiciones meteorológicas.

Cordero define que los ciclones son bajas presiones formadas en latitudes tropicales -cerca del Ecuador, pero, nunca en el Ecuador- que tienen una circulación en superficie definida y organizada (en el hemisferio norte giran en el sentido contrario a las manecillas del reloj).

Los mismos se clasifican de acuerdo con la velocidad de sus vientos alrededor del centro de la baja presión en depresión tropical, tormenta tropical y huracán. Existen unas cinco condiciones mínimas para la formación de estos fenómenos, que son una temperatura de la superficie del mar mayor a 26.5 grados Celsius, “vorticidad positiva”, o que el aire cerca de la superficie del mar presente un potencial de giro.

Baja presión

También debe existir un sistema de baja presión en superficie y una convergencia en la misma, esto es, que los vientos de distintas direcciones lleguen a un punto, además de una divergencia en la altura.

La evolución de un ciclón puede dividirse en cuatro etapas, que son nacimiento, desarrollo, madurez y disipación. En la primera se forma una depresión atmosférica caracterizada porque el viento empieza a aumentar en superficie con una velocidad máxima de 62 kilómetros por hora, y las nubes comienzan a organizarse.

Durante su desarrollo, alcanza la categoría de tormenta tropical, y el viento continúa aumentando a una velocidad de entre 63 y 117 kilómetros por hora, las nubes se distribuyen en forma de espiral y empieza a formarse el ojo.

Es en esta fase cuando el fenómeno recibe un nombre correspondiente a una lista anual formulada por el comité de huracanes de la la Organización Meteorológica Mundial. Cordero señala que si un ciclón ocasiona un fuerte impacto en un país, “el nombre no volverá a aparecer en la lista”.

Hacia la madurez, se intensifica la tormenta tropical y adquiere la característica de huracán, es decir, el viento alcanza el máximo de la velocidad, pudiendo llegar a 370 kilómetros por hora, y el área nubosa se expande obteniendo su máxima extensión. La intensidad del ciclón en esta etapa de madurez se gradúa por medio de la escala de Saffir - Simpson.

Este inmenso remolino es mantenido y nutrido por el cálido océano hasta que se adentra en aguas más frías o hasta que entra a tierra firme.

ALTA FRECUENCIA EN EL ATLÁNTICO

Por otro lado, nunca en los últimos mil años se había registrado una frecuencia tan alta de huracanes en el Atlántico como en la actualidad, según las conclusiones de un estudio de la Penn State University de Estados Unidos publicado en la revista “Nature”, y citados por la agencia noticiosa EFE.

Científicos de esta Universidad, dirigidos por el profesor Michael Mann, examinaron los sedimentos de los huracanes que han atravesado la costa de Norteamérica y del Caribe, y constataron que el número actual de huracanes es históricamente alto.

En la última década se ha registrado una media de 17 huracanes y tormentas tropicales, el doble que a principios del siglo XX y una cifra sólo comparable e incluso superada, según el estudio, durante la anomalía climática que se produjo durante el medievo (el Periodo de Calentamiento Medieval) hace aproximadamente 1,000 años. La investigación, sostienen, no evalúa si existe una relación entre el incremento de los episodios de este fenómeno meteorológico y el cambio climático y se limita a ofrecer los datos empíricos.

El procedimiento para elaborar la serie histórica fue estudiar los sedimentos que dejan tierra adentro, especialmente en las lagunas próximas a la costa, los vientos de hasta 300 kilómetros por hora de los huracanes que llegan a impactar en la tierra.

Se analizaron los sedimentos de siete lagunas en la costa de EE.UU. y de una laguna en Puerto Rico, y se hizo un cálculo aproximado del número de huracanes ocurrido en cada época a partir del numero de ellos que alcanzó la costa -muchos se pierden en el mar.

El equipo del profesor Mann también estudió modelos previos de computadora sobre generación de huracanes y tuvo en cuenta los principales factores que influyen en la virulencia del fenómeno: la temperatura de la superficie en la franja tropical del océano Atlántico, los ciclos de El Niño y La Niña, que se generan en la costa este del océano Pacífico, y la Oscilación del Atlántico Norte.

La investigación sugiere que pese a que la frecuencia e intensidad de los huracanes de hoy y de hace 1.000 años son las mismas, no tienen detrás las mismas causas ni características.

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