¡Qué maravilla! Fuimos al centro de la ciudad, al ombligo mismo, al zócalo, a ver la exposición Moctezuma II, en el Museo del Templo Mayor.
En busca de los días del penúltimo emperador azteca, encontramos el presente como una luz de bengala.
Los alrededores del Museo, el callejón desordenado y lleno de colores por el que uno cruza para llegar a la puerta, vale como trescientos museos. En cien metros, un paisaje de hombres y mujeres que venden cuanta cosa no se le pueda a uno ocurrir, que abigarran al mundo con el tesoro de sus voces, nos deslumbra.
Lo mismo ofrecen bolsas bordadas en Chiapas, que collares, piedras, plumas, aretes. Todo entreverado con los puestos en que China se pronuncia con sus mil baratijas.
Ahora había gorros tejidos y cestos de plástico para la ropa sucia o para los jugue tes de los niños. Y cristal de ¡Murano! “En Venecia hay una isla que se llama Murano y de allá nos lo traen”, nos dice el vendedor más ilustrado e ilustrador que puede encontrarse.
En cinco minutos nos vendió diez piedras y cuatrocientas ideas del mundo.








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